A pesar de ser las vísperas de navidad, me encontraba en la
biblioteca pública de la ciudad donde había decidido pasar la temporada
navideña. Me gusta leer en bibliotecas diferentes, así como a algunos se les da
por conocer restaurantes o cafeterías, etc., a mi, las bibliotecas, y, aunque
no lo crean, creo que mis aventuras que ellas me han ofrecido son del todo
sorprendentes, que, pienso, serían imposibles en lugares tan comunes. Estaba entonces leyendo algo que ofrecía dicha
biblioteca, por lo demás, no muy grande, pero sí muy bella, de arquitectura
barroca del siglo XVII. Habían, eso sí, libros muy interesantes y antiguos, y
revisándolos con mucha atención, como si frente a mi se me presentaran tesoros
insondables, descubrí uno de pasta gruesas de piel, pero con dibujos grabados
en él de verdaderas orgías celestiales. Quise tomarlo pero como estaba detrás
de una vidriera no me era posible, por ser libros incunables, se los cuida y
solo se permite a especialistas o investigadores con previa autorización de la
dirección de la biblioteca. Con cierta frustración y resignación, decidí
entonces explorar otros estantes, pero una voz femenina súbitamente hizo que me
detuviera y al reparar en ella descubrí a una de las bibliotecarias, que
sonreída se dirigía a mi.
- Veo su interés por los libros reservados. ¿Alguno en
especial?, me dijo. Yo, un tanto turbado, y tratando de entender y dimensionar
su irrupción, recuperándome se lo admití:
-Efectivamente, está ése cuya presentación es hermosísima e
inusual, le respondí. Estas palabras mías armaron un escenario como
otro elemento barroco: en un espacio enmaderado, con ciertas ventanas
vitrales y rodeados de libros antiguos,
yo y la bibliotecaria, guardando distancia, con nuestras fachas
modernas, mirándonos. No era esta escena
para menos, porque ella tenía un aspecto fascinante, un carisma que iba muy
bien con la atmósfera en la que nos encontrábamos. Digamos que era del tipo más
bien tirando a delgada, de cabello recogido con una coleta que hacía destacar
su rostro fresco. Era guapa, pero no del tipo plástico de las modelos de la
televisión comercial. Cierta magnetismo se produjo cuando
ella se acercó a la vitrina, con aire profesional, y, como si se tratara tanto
de una biblia o de un libro de botánica,
me soltó: ¿Habla por este?.
Yo no podía creerlo: frente a mi, ese libro incunable se me
ofrecía como algo accesible a mi. Ganado por esa fascinación me acerqué a ella
para ver las páginas que ella intentaba mostrarme, y era de ver, ante mis ojos
y junto a una mujer misteriosa y sensual, recorrieron imágenes de las crudo
erotismo en grabados antiguos que atesoraban más a ese libro. bajo el control
de ella, ya que era quien lo tenía al libro entre sus manos, me iba mostrando sus imágenes y sus
referencias en latín que, claro, ella, me las traducía con su voz sensual,
voluptuosa ya para mi. Era como si me hipnotizara porque mis ojos veían lo que
ella me mostraba y, además, en los detalles que con sus dedo índice me
señalaba, sin ningún rubor ni titubeo. Así, casi susurrando explicaba: “Mire
esta figura que parecería imagen religiosa, en realidad es de lo más erótica
pues la mujer que aparece de espaldas arrodillada frente a ese personaje que
parece un Cristo, pero que no lo es, obviamente, se trata de una representación
de sexo oral. Me pregunto: ¿por qué el
artista que hizo estas imágenes no la hizo más explícita, siendo que hay otras
imágenes en las que, como ud. verá en estas imágenes de doncellas folladas en
cuatro por jóvenes de tremendos miembros, las hay de todo?”
“No sé”, alcancé a responder, mirándole absorto, como
poseído por ella. “Cómo se llama señorita”, me atreví a preguntar. “Valeria,
mucho gusto, ¿y ud.?”. Alcancé a decir solo mi nombre porque una sensación de
pérdida de control iba devorándome. “Alex”.
De pronto desperté de ese como estado de inconciencia al que
iba entrando, por el chasquido violento que se produjo al cerrar de golpe el
libro y, con ese gesto, restituir la realidad y dejándome, frente a ella,
desarmado, pero a la vez desafiado no sé de qué.
Estaba por retirarme y agradecerle por la oportunidad de
haber, al menos, visto algo del contenido de ese libro erótico del siglo XVII,
cuando me detuvo con su mirada para soltarme, sin más, que le gustaría platicar
sobre el libro al salir de su trabajo.
Obviamente yo acepté y arreglamos vernos en el zócalo de la
ciudad. Ahí estuve, puntual, que no es mi característica, y me senté en una
banca a esperar, y, esperar, significaba para mi, el proceso de empezar a
hacerse la idea de que no iba a venir y de que no importaba, que total, etc.,
etc. Pero ella llegó. Ahí estaba,
sentándose junto a mi, sonriente, como si, fuera de la biblioteca, le liberara
de algo.
Olvidaba decir que Valeria llevaba una mini que la hacían
parecer más fresca y coqueta. No pude dejar de mirar sus muslos bien torneados
y ella se sabía mirada y no se amilanaba en absoluto, sino que, como
colaborando con mi fisgoneo, disimuladamente las abría para regalarme ese
paisaje visual que a todo hombre nos encanta ver: al fondo entre las delicias
de sus carnes, su tanguita negra que cubría lo que empezaba a ser la causa de
esta aventura.
Sin dejar de sonreír y mirándome como de reojo me soltó: “te
pareces a uno de los personajes de las imágenes del libro”. “¿A cuál” ,
respondí un poco confundido. “A este”, y sacando de su bolso unas fotos del
libro me señaló con lujo de detalles a quién me parecía y, francamente, no me
parecía en absoluto. El hombre de la lámina tenía barba espesa y yo no, y más,
pero tenía en la expresión de su rostro dibujado el placer que sentía al estar
de pie haciendo una rusa a una mujer delgada, de pechos no tan abultados, pero
suficientes como para sostener su pene durísimo en medio de ellos.
“No me parezco en nada”, le dije, y Valeria, sonriente, me
replico, “En mi imaginación sí”. Ante semejante declaración yo no supe bien qué
responder, un apenas ¡ajá¡, para salir al paso. Era claro que esto iba donde
iba, es decir, donde ella ya había decidido ir, como si yo tan solo fuera un
personaje de un teatro en la que ella no solo era la directora, sino la
principal actriz. El guión ya estaba escrito, y era navidad…
En tanto, como degustadores finos, no todo recaía en una
plática monotemática, sino un compartir variado, como un querer compartir
mundos interiores entre quienes se saben destinados a una experiencia que debía
y merecía cultivarse para que fuese máxima. Entonces, que la música, que la
ciudad, que lo malo y lo bueno de la vida y, lo mejor de todo, la plena
coincidencia entre personas inteligentes y sensibles, de que este sistema
llamado capitalista es la causa de todos los males, incluso de los libres
disfrutes y del placer. todo salía entre argumentos a favor y coincidencias por
lo que la atracción de apenas unas horas, fuese de siempre. Así llegamos entonces
a la dichosa nochebuena, es decir a nuestra “noche buena”.
Tanto Valeria como yo en realidad queríamos escapar de lo
que ha venido siendo estas fiestas navideñas, es decir, un vulgar y grosero
consumismo que alborota a la gente, la pone a cumplir con los nuevos estándares
del gusto social, donde las desigualdades sociales relucen más brillantes que
esas luces intermitentes y artificiales, donde se rascan los bolsillos para dar
gusto a esas criaturas inocentes que tan mal son educadas, y, todo, más que para
verlos felices, para no quedar tan mal ante esa presión social, que es decir,
la difusión y apetito de las grandes empresas que lucran con todo esto. de hecho, Valeria se le corre algo que me
hizo festejar y desearla: “Debería haber una ley universal que prohíba incitar
a la niñez con la mercadotecnia de sus ilusiones”.
Me dije a mi mismo, yo si que estoy teniendo mi regalito y,
como un niño, me ilusionaba con Valeria. Y con Valeria pasé la noche buena, y
en su casa.
¿Qué cómo fue, qué hicimos?, bueno, pues, de eso trata
principalmente este relato, y ahí les va. ¡Amárrense los cinturones entonces
que este vuelo es intenso y va más allá de lo común¡
…….
Llegué como a las 10 de la noche, bien armado de vino y de
ganas. En tanto Valeria estaba dando los últimos detalles a la cena que con
tanto arte había preparado. Mientras me acomodaba en un sofá como nube Valeria
se fue a preparar, y nada de lo típico, que se fue a duchar, que se vistió de
manera especial y seductora, nada de eso, sino lo más natural y cotidiano, de
hecho ése era el sabor de todo. Ya lista, casual y ligera, dispuso el resto.
Puse la mesa y un mantel que estaba a la mano, pero me detuvo indicándome que
para estas ocasiones –así, como suena – tenía un mantel especial. Pensé que
sería uno con motivos navideños, lo cual algo me desilusionaba dado que creía
que ella estaba liberada de esos gustos comunes, pero me equivocaba, no era un
mantel navideño, sino un mantel erótico, es decir y quiero decir con la mejor
palabra que resume lo que se veía cubrir la mesa redonda. Sí, un mantel
erótico. Un mantel nada menos que con bordados con imágenes de todas las
posiciones habidas y por haber, más que un Kamasutra bordado, un muestrario de
toda la imaginación erótica, bordada con tanto detalle que el solo apreciar el
trabajo fino uno imaginaba a una bordadora que bien sabía de lo que bordaba.
¡Vaya, qué obra de arte¡, exclamé. Sí, me dijo orgullosa y
siempre sonriente. Una obra de arte de mi abuelita.
Semejante confesión casi me hizo que me cayera de espaldas.
–“¿Entonces..?”, balbuceé. Y como si se tratar de anécdotas familiares normales
me contó que es tradición familiar el erotismo, que su familia tiene lo erótico
como sagrado, como algunas culturas, solo que en versión incrustada en
Occidente. Y que ese mantel lo bordó su abuelita como un relato de toda la
sabiduría acuñada por generaciones sobre el gusto más apreciado desde que el
humano es humano, o humana, para superar el sexismo del español.
Todo era fascinante, en medio de la sencillez. Cosa de
sabios. Valeria vivía cargada de símbolos y, por tanto, nada del mercado del
consumo podía ser para ella un símbolo. Era como si escapara de este mundo tan
desgastado en consumos innecesarios e impuestos, como si nos hubiesen reducido
a ser unos zombis de un mercado universal. No, Valeria guardaba la dignidad de
quien no acepta nada que no sea lo que ella de manera consciente ha decidido,
lejos de las imposiciones de la publicidad que disfrazan la realidad para
vender y vender y solo llenar los bolsillos de los dueños de las empresas, unos
muy pocos infelices.
Me tocó sentarme frente a unos bordados que representaban
unas escenas de sexo en medio de unos jardines llenos de colores, pajaritos,
mariposas y flores. Especialmente me
llamaba la atención uno donde se veía a una pareja trepadas en un árbol, como si
fueran parte de sus ramas solo que ella bien abierta, con una pierna sobre una
rama encima de la cabeza de él, y la otra sosteniéndose en una rama mayor. él,
en cambio, con sus pies bien apoyados en diferentes ramas pero con su pene
introduciendo en la vagina de ella que se ofrecía como un fruto delicioso de
ese árbol no del bien y del mal, sino del bien y del placer.
Frente a Valeria, en cambio, había un bordado donde se
apreciaba un grupo de doncellas desnudas que de modo atrevido, todas, frotaban
sus clítoris alrededor de el único hombre, es decir, del único pene erecto, que
era disfrutado solo por una de ellas en una representación tan detallada de una
lamida que podría ser llamada, en mayúsculas LA LAMIDA. Parecía que las otras
esperaban su tueno a un pene que de tan duro parecía que nunca se le iba a
bajar y que mantendría su dureza para el resto de esa especie de coro
pornográfico bordado con tanto detalle.
-“ Se ve que tu abuelita bordaba con mucha inspiración y
entusiasmo”, le dije, y Valeria me respondió: “Este es mi sitio favorito porque
decía mi abuelita que quien se arrima a un buen árbol, de sus frutos podrá bien
disfrutar”.
(Continuará si hay por lo menos diez lectoras,
principalmente, o lectores)




































































