Páginas

lunes, 25 de diciembre de 2023

NAVIDAD INESPERADA:



Nochebuena puede entenderse literalmente como “noche buena”, o sea una bueeena noche que ya tiene ecos que trascienden a la mera navidad.  Así, entonces, lo que les narraré ustedes dirán qué tiene  de lo uno y qué de lo otro.

A pesar de ser las vísperas de navidad, me encontraba en la biblioteca pública de la ciudad donde había decidido pasar la temporada navideña. Me gusta leer en bibliotecas diferentes, así como a algunos se les da por conocer restaurantes o cafeterías, etc., a mi, las bibliotecas, y, aunque no lo crean, creo que mis aventuras que ellas me han ofrecido son del todo sorprendentes, que, pienso, serían imposibles en lugares tan comunes.  Estaba entonces leyendo algo que ofrecía dicha biblioteca, por lo demás, no muy grande, pero sí muy bella, de arquitectura barroca del siglo XVII. Habían, eso sí, libros muy interesantes y antiguos, y revisándolos con mucha atención, como si frente a mi se me presentaran tesoros insondables, descubrí uno de pasta gruesas de piel, pero con dibujos grabados en él de verdaderas orgías celestiales. Quise tomarlo pero como estaba detrás de una vidriera no me era posible, por ser libros incunables, se los cuida y solo se permite a especialistas o investigadores con previa autorización de la dirección de la biblioteca. Con cierta frustración y resignación, decidí entonces explorar otros estantes, pero una voz femenina súbitamente hizo que me detuviera y al reparar en ella descubrí a una de las bibliotecarias, que sonreída se dirigía a mi.

- Veo su interés por los libros reservados. ¿Alguno en especial?, me dijo. Yo, un tanto turbado, y tratando de entender y dimensionar su irrupción, recuperándome se lo admití:

-Efectivamente, está ése cuya presentación es hermosísima e inusual, le respondí. Estas palabras mías armaron un escenario   como  otro elemento barroco: en un espacio enmaderado, con ciertas ventanas vitrales y rodeados de libros antiguos,  yo y la bibliotecaria, guardando distancia, con nuestras fachas modernas,  mirándonos. No era esta escena para menos, porque ella tenía un aspecto fascinante, un carisma que iba muy bien con la atmósfera en la que nos encontrábamos. Digamos que era del tipo más bien tirando a delgada, de cabello recogido con una coleta que hacía destacar su rostro fresco. Era guapa, pero no del tipo plástico de las modelos de la televisión comercial. Cierta magnetismo se produjo   cuando ella se acercó a la vitrina, con aire profesional, y, como si se tratara tanto de una biblia o de un libro de botánica,  me soltó: ¿Habla por este?. 



Yo no podía creerlo: frente a mi, ese libro incunable se me ofrecía como algo accesible a mi. Ganado por esa fascinación me acerqué a ella para ver las páginas que ella intentaba mostrarme, y era de ver, ante mis ojos y junto a una mujer misteriosa y sensual, recorrieron imágenes de las crudo erotismo en grabados antiguos que atesoraban más a ese libro. bajo el control de ella, ya que era quien lo tenía al libro entre sus manos,  me iba mostrando sus imágenes y sus referencias en latín que, claro, ella, me las traducía con su voz sensual, voluptuosa ya para mi. Era como si me hipnotizara porque mis ojos veían lo que ella me mostraba y, además, en los detalles que con sus dedo índice me señalaba, sin ningún rubor ni titubeo. Así, casi susurrando explicaba: “Mire esta figura que parecería imagen religiosa, en realidad es de lo más erótica pues la mujer que aparece de espaldas arrodillada frente a ese personaje que parece un Cristo, pero que no lo es, obviamente, se trata de una representación de sexo oral.  Me pregunto: ¿por qué el artista que hizo estas imágenes no la hizo más explícita, siendo que hay otras imágenes en las que, como ud. verá en estas imágenes de doncellas folladas en cuatro por jóvenes de tremendos miembros, las hay de todo?”

“No sé”, alcancé a responder, mirándole absorto, como poseído por ella. “Cómo se llama señorita”, me atreví a preguntar. “Valeria, mucho gusto, ¿y ud.?”. Alcancé a decir solo mi nombre porque una sensación de pérdida de control iba devorándome. “Alex”.

De pronto desperté de ese como estado de inconciencia al que iba entrando, por el chasquido violento que se produjo al cerrar de golpe el libro y, con ese gesto, restituir la realidad y dejándome, frente a ella, desarmado, pero a la vez desafiado no sé de qué.



Estaba por retirarme y agradecerle por la oportunidad de haber, al menos, visto algo del contenido de ese libro erótico del siglo XVII, cuando me detuvo con su mirada para soltarme, sin más, que le gustaría platicar sobre el libro al salir de su trabajo. 

Obviamente yo acepté y arreglamos vernos en el zócalo de la ciudad. Ahí estuve, puntual, que no es mi característica, y me senté en una banca a esperar, y, esperar, significaba para mi, el proceso de empezar a hacerse la idea de que no iba a venir y de que no importaba, que total, etc., etc.  Pero ella llegó. Ahí estaba, sentándose junto a mi, sonriente, como si, fuera de la biblioteca, le liberara de algo. 

Olvidaba decir que Valeria llevaba una mini que la hacían parecer más fresca y coqueta. No pude dejar de mirar sus muslos bien torneados y ella se sabía mirada y no se amilanaba en absoluto, sino que, como colaborando con mi fisgoneo, disimuladamente las abría para regalarme ese paisaje visual que a todo hombre nos encanta ver: al fondo entre las delicias de sus carnes, su tanguita negra que cubría lo que empezaba a ser la causa de esta aventura.

Sin dejar de sonreír y mirándome como de reojo me soltó: “te pareces a uno de los personajes de las imágenes del libro”. “¿A cuál” , respondí un poco confundido. “A este”, y sacando de su bolso unas fotos del libro me señaló con lujo de detalles a quién me parecía y, francamente, no me parecía en absoluto. El hombre de la lámina tenía barba espesa y yo no, y más, pero tenía en la expresión de su rostro dibujado el placer que sentía al estar de pie haciendo una rusa a una mujer delgada, de pechos no tan abultados, pero suficientes como para sostener su pene durísimo en medio de ellos.

“No me parezco en nada”, le dije, y Valeria, sonriente, me replico, “En mi imaginación sí”. Ante semejante declaración yo no supe bien qué responder, un apenas ¡ajá¡, para salir al paso. Era claro que esto iba donde iba, es decir, donde ella ya había decidido ir, como si yo tan solo fuera un personaje de un teatro en la que ella no solo era la directora, sino la principal actriz. El guión ya estaba escrito, y era navidad…

En tanto, como degustadores finos, no todo recaía en una plática monotemática, sino un compartir variado, como un querer compartir mundos interiores entre quienes se saben destinados a una experiencia que debía y merecía cultivarse para que fuese máxima. Entonces, que la música, que la ciudad, que lo malo y lo bueno de la vida y, lo mejor de todo, la plena coincidencia entre personas inteligentes y sensibles, de que este sistema llamado capitalista es la causa de todos los males, incluso de los libres disfrutes y del placer. todo salía entre argumentos a favor y coincidencias por lo que la atracción de apenas unas horas, fuese de siempre. Así llegamos entonces a la dichosa nochebuena, es decir a nuestra “noche buena”.

Tanto Valeria como yo en realidad queríamos escapar de lo que ha venido siendo estas fiestas navideñas, es decir, un vulgar y grosero consumismo que alborota a la gente, la pone a cumplir con los nuevos estándares del gusto social, donde las desigualdades sociales relucen más brillantes que esas luces intermitentes y artificiales, donde se rascan los bolsillos para dar gusto a esas criaturas inocentes que tan mal son educadas, y, todo, más que para verlos felices, para no quedar tan mal ante esa presión social, que es decir, la difusión y apetito de las grandes empresas que lucran con todo esto.  de hecho, Valeria se le corre algo que me hizo festejar y desearla: “Debería haber una ley universal que prohíba incitar a la niñez con la mercadotecnia de sus ilusiones”.

Me dije a mi mismo, yo si que estoy teniendo mi regalito y, como un niño, me ilusionaba con Valeria. Y con Valeria pasé la noche buena, y en su casa.

¿Qué cómo fue, qué hicimos?, bueno, pues, de eso trata principalmente este relato, y ahí les va. ¡Amárrense los cinturones entonces que este vuelo es intenso y va más allá de lo común¡
…….

Llegué como a las 10 de la noche, bien armado de vino y de ganas. En tanto Valeria estaba dando los últimos detalles a la cena que con tanto arte había preparado. Mientras me acomodaba en un sofá como nube Valeria se fue a preparar, y nada de lo típico, que se fue a duchar, que se vistió de manera especial y seductora, nada de eso, sino lo más natural y cotidiano, de hecho ése era el sabor de todo. Ya lista, casual y ligera, dispuso el resto. Puse la mesa y un mantel que estaba a la mano, pero me detuvo indicándome que para estas ocasiones –así, como suena – tenía un mantel especial. Pensé que sería uno con motivos navideños, lo cual algo me desilusionaba dado que creía que ella estaba liberada de esos gustos comunes, pero me equivocaba, no era un mantel navideño, sino un mantel erótico, es decir y quiero decir con la mejor palabra que resume lo que se veía cubrir la mesa redonda. Sí, un mantel erótico. Un mantel nada menos que con bordados con imágenes de todas las posiciones habidas y por haber, más que un Kamasutra bordado, un muestrario de toda la imaginación erótica, bordada con tanto detalle que el solo apreciar el trabajo fino uno imaginaba a una bordadora que bien sabía de lo que bordaba.

¡Vaya, qué obra de arte¡, exclamé. Sí, me dijo orgullosa y siempre sonriente. Una obra de arte de mi abuelita.

Semejante confesión casi me hizo que me cayera de espaldas. –“¿Entonces..?”, balbuceé. Y como si se tratar de anécdotas familiares normales me contó que es tradición familiar el erotismo, que su familia tiene lo erótico como sagrado, como algunas culturas, solo que en versión incrustada en Occidente. Y que ese mantel lo bordó su abuelita como un relato de toda la sabiduría acuñada por generaciones sobre el gusto más apreciado desde que el humano es humano, o humana, para superar el sexismo del español.

Todo era fascinante, en medio de la sencillez. Cosa de sabios. Valeria vivía cargada de símbolos y, por tanto, nada del mercado del consumo podía ser para ella un símbolo. Era como si escapara de este mundo tan desgastado en consumos innecesarios e impuestos, como si nos hubiesen reducido a ser unos zombis de un mercado universal. No, Valeria guardaba la dignidad de quien no acepta nada que no sea lo que ella de manera consciente ha decidido, lejos de las imposiciones de la publicidad que disfrazan la realidad para vender y vender y solo llenar los bolsillos de los dueños de las empresas, unos muy pocos infelices.

Me tocó sentarme frente a unos bordados que representaban unas escenas de sexo en medio de unos jardines llenos de colores, pajaritos, mariposas y flores.  Especialmente me llamaba la atención uno donde se veía a una pareja trepadas en un árbol, como si fueran parte de sus ramas solo que ella bien abierta, con una pierna sobre una rama encima de la cabeza de él, y la otra sosteniéndose en una rama mayor. él, en cambio, con sus pies bien apoyados en diferentes ramas pero con su pene introduciendo en la vagina de ella que se ofrecía como un fruto delicioso de ese árbol no del bien y del mal, sino del bien y del placer.

Frente a Valeria, en cambio, había un bordado donde se apreciaba un grupo de doncellas desnudas que de modo atrevido, todas, frotaban sus clítoris alrededor de el único hombre, es decir, del único pene erecto, que era disfrutado solo por una de ellas en una representación tan detallada de una lamida que podría ser llamada, en mayúsculas LA LAMIDA. Parecía que las otras esperaban su tueno a un pene que de tan duro parecía que nunca se le iba a bajar y que mantendría su dureza para el resto de esa especie de coro pornográfico bordado con tanto detalle.

-“ Se ve que tu abuelita bordaba con mucha inspiración y entusiasmo”, le dije, y Valeria me respondió: “Este es mi sitio favorito porque decía mi abuelita que quien se arrima a un buen árbol, de sus frutos podrá bien disfrutar”.

(Continuará si hay por lo menos diez lectoras, principalmente, o lectores)






Adi Shakti

doble gusto